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Una pizca de psicología: La emoción ira (parte 2)

Seguimos con la ira, una emoción que aunque no parece muy agradable cuando se manifiesta tiene su importancia y necesidad para el ser humano y me parece que es interesante conocer cómo se desarrolla. Considero que tan importante es esforzarse por controlarla como por expresarla y liberar tensión, todo depende de la situación y de la persona.

Básicamente su función es permitirnos desarrollar de forma rápida conductas de defensa o ataque ante situaciones desagradables o generadoras de frustración. En el organismo actúa tanto sobre los mecanismos de regulación fisiológica como sobre los procesos psicológicos, y lo que hace es movilizar la energía necesaria para poner en marcha el comportamiento.



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Es la emoción que vigoriza la conducta con mayor intensidad y además mantiene el estado de activación durante intervalos más prolongados. Gracias a ella, podemos ser capaces de acometer con éxito acciones que normalmente no osaríamos a emprender o que las abandonaríamos rápidamente, pues surge cuando estamos convencidos de que podríamos actuar para restablecer ese estado previo a la ocurrencia del suceso aversivo. En pocas palabras, facilita la autodefensa y regula la interacción social.

Como nota interesante comento que la ira aparece entre los 4 y 6 meses de edad. Ha esta edad aparece como elemento se supervivencia, pues tiene lugar cuando el bebe empieza a conocer las relaciones medios-fines en sus intentos de querer dominar el ambiente.

La ira es muy expresiva, tal vez porque en ocasiones nos interesa informar a los demás de encontrarnos en este estado de “desacuerdo”. A mi juicio lo más característico de la expresión corporal y facial (y tengo que decirlo, que más gracias me hace cuando lo pienso) es la dilatación de los orificios nasales. También tiene lugar la contracción y descenso de las cejas, la elevación y tensión del párpado superior e inferior, la reducción de la abertura palpebral, los labios se ponen en tensión, contraídos y apretados, y se produce una elevación del mentón.

A nivel subjetivo lo que ocurre, en pocas y claras palabras, es que “quedamos cegados por la ira”, por lo general es un comportamiento escasamente reflexivo porque se experimenta un estado desagradable e intensamente activador. Fisiológicamente se observa incremento del tono y tensión muscular general, aumento de diferentes parámetros cardiacos, aumento del nivel de conductancia de la piel y se activa la secreción de hormonas afines con la movilización de energía.

Para explicar cómo se afronta la ira cuando tiene lugar hay que empezar diciendo que se “movilizan y reclutan” los recursos más recónditos del organismo para infundir vigor y resistencia a las acciones que emprenda el sujeto; en otras palabras, se afinan los mecanismos psicológicos y fisiológicos que permiten al sujeto hacer frente a las amenazas del entorno. Se interrumpe la conducta en curso y se dirige el foco de atención hacia los factores amenazantes, se podría decir que se entorpece el desempeño eficaz de los procesos cognitivos sesgándolos a su favor. Si el plan de acción no tuviera éxito la ira se incrementaría.

Se han descrito dos formas de vivir esta emoción. La ira “hacia adentro” tiene lugar cuando suprimimos la emoción, y cuando esto ocurre se genera irritabilidad e intensos sentimientos de enfado con uno mismo. La ira “hacia afuera” se da cuando hacemos explicito este sentimiento hacia aquel que consideramos que lo causo, en este caso el sujeto manifiesta la emoción a través de conductas agresivas, físicas o verbales. El control de la ira persigue el dominio y modulación de la expresión de la emoción, que alcanza la contención de gestos faciales y expresiones propias de esta emoción. Se suele complementar con la elaboración de planes de acción con el fin de resolver el problema que instigo la emoción.

Como las demás emociones vistas anteriormente la ira también influye sobre los juicios sociales que realizamos. Parece ser que hay una predisposición cognitiva a hacer juicios afines con la valencia afectiva y, en muchas ocasiones, tendemos a pensar lo peor de los demás. La ira nos hace menos reflexivos, induciéndonos a realizar más procesamiento heurístico espontáneo y superficial, es decir, juicios rápidos basándonos en características superficiales o llamativas de la situación.

Y por último, unas palabras para resaltar el lado extremo, potencialmente peligroso de la ira. El problema tiene lugar cuando se da una propensión a desarrollar conductas violentas y agresivas y además se suma una actitud previa de resentimiento u hostilidad hacia el agente de la frustración. A veces no se maneja este sentimiento de forma adecuada y se pueden llegar a producir trastornos orgánicos y psicopatólogicos. Pero como puse al principio del texto no tiene porque ser así, se puede generar un comportamiento adaptado y socialmente aceptable, que es cuando la actividad cognitiva queda centrada sobre el instigador de la emoción y se emprenden acciones orientadas a eliminar los agentes frustrantes que bloquean el acceso a una meta.

Hasta pronto! Diana.

Imágen: Steve Rhode

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