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Una pizca de Psicología: La Emoción Alegría (parte 1)

“Emociones de bienestar”. No cabe duda que la alegría se incluye dentro de las emociones positivas; que por cierto, tan de moda están en la investigación (¿será por que se venden muchos libros de “autoayuda”?). Sea el motivo que sea, la cuestión es que en los últimos años ha habido un creciente interés por su estudio. Lo que no está tan claro es si las emociones de júbilo, regocijo o alborozo son términos sinónimos de alegría o si constituyen categorías subordinadas a ella. En general, en el área de las emociones positivas no existe una categorización tan definida como en el de las negativas.



La alegría es el sentimiento positivo, que surge cuando la persona experimenta una atenuación en su estado de malestar, cuando consigue algún objetivo o meta deseada, o cuando tiene una experiencia estética (por ejemplo contemplar un bello paisaje).

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Constituye una vivencia placentera y de carácter reforzante. Se encuentra dentro del nivel más básico de las emociones de bienestar. La duración de la experiencia  generalmente es breve, aunque en ocasiones puede experimentarse como un estado de placer intenso o éxtasis.

Desde un enfoque cognitivo surge cuando la persona evalúa el objeto o acontecimiento como favorable a la consecución de sus metas particulares. Con esta concepción cognitiva, los desencadenantes de la alegría se podrían clasificar en aquellos que atenúan o eliminan contingencias negativas: alivio de dolor físico (por ejemplo, en una persona enferma), posibilidad de tener contacto social, resolución favorable de una situación crítica para la propia vida o la mitigación de emociones negativas (por ejemplo, el reencuentro con un ser querido); o en aquellos que se relacionan con la ocurrencia de acontecimientos positivos: estimulación placentera (por ejemplo, ser acariciado), ser apreciado o estimado por otros, tener una experiencia estética (por ejemplo, escuchar música) o recibir reconocimiento profesional. Ambos tipos pueden ocasionar alegría aun cuando los sufre otra persona.

De modo similar, podemos sentirnos regocijados por la desventura de otro, la alegría por el mal ajeno, éticamente cuestionable. La alegría hilarante (aquella que cursa con sonrisas, risas o carcajadas) se desencadena por la exposición a situaciones cómicas o chocantes, la estimulación táctil, la contemplación de otros que se hayan bajo este estado, por uso de determinadas sustancias químicas o, incluso, por la transgresión de determinadas normas o tabúes.

En la modulación de la experiencia subjetiva de alegría inciden diversos factores: rasgos de personalidad (extroversión-jovialidad), consumo de alcohol y drogas psicoactivas, y las formas culturales y sociales al uso. El carácter extrovertido se asocia con mayor experiencia de afecto positivo, la jovialidad (rasgo de la extroversión) facilita la inducción de este afecto positivo, y la seriedad y el mal humor, sin embargo, frenan el afloramiento de júbilo. El consumo de alcohol y drogas psicoactivas son capaces de modificar el umbral de inducción de la alegría, inhibiendo o facilitando su manifestación en función de la dosis, la tolerancia y el tiempo transcurrido. La intoxicación inducida puede llevarnos a estados de euforia intensa, bajo el que estímulos irrelevantes son poderosos activadores de alegría. Por último, el contexto sociocultural, el cual determina cuándo, dónde y con quién puede expresarse esta emoción, efecto regulador de la socialización.

El proceso se inicia ante un objeto, persona, situación o acontecimiento (tener una buena nota en un examen, ganar un precio, una obra de arte, un ser querido…), cuya aparición sucede de forma muy rápida y además no predecible. Ese estimulo se valora como positivo, posee una alta relevancia para el sujeto y aunque su ocurrencia no era esperada, sí los son sus consecuencias. En un primer momento, el suceso acapara toda la atención, pero luego, la atención se libera y el grado de urgencia para afrontar la situación es bajo. La causa suele ser otra persona o un objeto, por lo que el sujeto puede ejercer poco control, y dado que es agradable, se adapta fácilmente. El grado de intimidad y proximidad afectiva determinarán el modo de expresión emocional, aunque al ser un sentimiento desbordante, muchas veces es difícil la modulación normativa.



En este caso la función adaptativa o de supervivencia no parece tan evidente como en el caso de otras emociones como el miedo o el asco, pero sí se ha visto que podría tener un efecto de atenuación, a nivel psicológico, de la emoción negativa. Ejemplos: el sentimiento de alegría reduce la ansiedad y el enfado, atemperando la disposición a la agresividad; atenúa la respuesta fisiológica al estrés y agiliza el reajuste homeostático del organismo tras afrontar una situación estresante; facilita la posibilidad de explorar nuevas alternativas de afrontamiento, pues es un reforzador intrínseco que lleva a la persona a esforzarse y persistir en sus metas; regula la interacción social (informa de nuestra buena disposición para iniciar o mantener una relación interpersonal o comunicativa), ya que somos más generosos, prestamos más ayuda y asumimos responsabilidades y nos sentimos más abiertos y más afines con aquellos que también están alegres. A nivel cognitivo, favorece el procesamiento de información positiva, desatendiendo la de carácter negativo, optimiza la evocación de recuerdos agradables e incrementa la flexibilidad cognitiva, impulsando la génesis de soluciones creativas e innovadoras.

Después de estas frases tan optimistas, me despido hasta la próxima semana y continuar con esta emoción, en ocasiones llamada gozo, que cuando irrumpe en el transcurso de nuestras vidas nos ajusta y cambia tanto el comportamiento y el afecto.

Hasta pronto! Diana.

Imágen: Tandem2008

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